
Cuando hablamos de espiritualidad, es fácil que aparezcan ciertas imágenes: meditar, hacer yoga, hablar de energías, seguir determinadas prácticas, buscar permanentemente la paz o llevar una vida alejada de lo superficial y lo material.
Pero, ¿es eso realmente ser espiritual?
La espiritualidad no es una práctica, ni una conducta, ni una condición que tengamos que alcanzar. Tampoco es algo que algunas personas poseen y otras no.
Somos seres espirituales por naturaleza.
Podemos ser conscientes o no de esa dimensión, explorarla, reconocerla ignorarla durante años, o incluso no creer en ella. Pero nada de eso cambia lo que somos.
No necesitamos creer en la gravedad para que actúe sobre nosotros; su existencia no depende de que la reconozcamos o comprendamos. De la misma manera, nuestra naturaleza espiritual no depende de que creamos en ella.
Generalmente tendemos a confiar más fácilmente en aquello que podemos ver, tocar o comprobar con nuestros sentidos. Sin embargo, convivimos diariamente con realidades que no podemos ver directamente. Piensa, por ejemplo, en el Wi-Fi: no puedes verlo, pero eso no significa que no esté ahí.
Esto no demuestra la existencia de nuestra dimensión espiritual, por supuesto, pero sí nos invita a cuestionar una idea: ¿todo lo que existe tiene necesariamente que ser visible para nosotros?
Quizás uno de los mayores obstáculos para comprender nuestra dimensión espiritual sea precisamente todo lo que hemos aprendido a asociar con ella. Por eso, vale la pena comenzar por cuestionar algunas de esas ideas.
¿Tiene que ver la religión con ser espiritual?
NO.

Ser espiritual y ser religioso no son lo mismo.
La religión puede ser, para muchas personas, una forma de acercarse a su espiritualidad. Puede ofrecer creencias, prácticas, símbolos, tradiciones y una manera de comprender aquello que trasciende nuestra experiencia cotidiana.
Pero la espiritualidad no depende de pertenecer a una religión.
Puedes profesar una religión y vivir profundamente conectado con tu dimensión espiritual. Puedes no pertenecer a ninguna y experimentar esa misma conexión. Incluso puedes no tener una definición clara para aquello que trasciende lo visible y, aun así, reconocer que somos mucho más que nuestra historia, nuestros pensamientos, nuestras circunstancias o aquello que podemos tocar.
La espiritualidad no comienza cuando adoptamos una determinada creencia. Es una dimensión inherente a nuestra existencia.
¿Ser espiritual significa alejarse de lo material?
TAMPOCO.
A veces pareciera que para ser verdaderamente espiritual hubiera que desapegarse de todo lo mundano: del dinero, de las ambiciones, de los placeres, de los logros, de la apariencia o de los deseos.
Pero vivimos en un mundo material.
Tenemos un cuerpo. Trabajamos. Pagamos cuentas. Queremos progresar. Nos enamoramos. Nos preocupamos por nuestros hijos. Nos gusta viajar, disfrutar, comprar algo que deseamos, sentirnos bien con nuestra apariencia, construir proyectos y alcanzar objetivos.
Nada de eso nos hace menos espirituales.
El problema no está en disfrutar o participar del mundo material. El problema aparece cuando olvidamos que ese mundo es solo una parte de nuestra experiencia y comenzamos a buscar exclusivamente en él nuestra identidad, nuestra seguridad o nuestro bienestar.
No necesitamos rechazar lo mundano para reconocer lo espiritual.
Necesitamos comprender que ambos forman parte de nuestra experiencia humana.
Entonces, ¿por qué Mundana y Espiritual?
¡Porque somos ambas cosas!
Somos mundanos porque vivimos en el mundo de la forma: tenemos un cuerpo, una historia, relaciones, responsabilidades, deseos, dificultades y proyectos.
Y somos espirituales porque existe también una dimensión que trasciende esa forma, una naturaleza más profunda que no depende de nuestras circunstancias, de nuestros logros ni de aquello que ocurre a nuestro alrededor.
Durante mucho tiempo hemos tendido a separar ambas dimensiones, como si para acercarnos a una tuviéramos que alejarnos de la otra.
¿Y si nunca se hubiera tratado de elegir, sino de integrar?
De vivir plenamente nuestra experiencia humana sin olvidar aquello que somos más allá de ella. De disfrutar lo material sin convertirlo en la fuente de nuestro valor. De perseguir nuestros sueños sin creer que nuestra plenitud depende de alcanzarlos. De atravesar las dificultades de la vida sin permitir que ellas definan quiénes somos.
¿Y qué cambia cuando comprendemos esto?
Cambia la manera en que nos relacionamos con la vida.
Cuando dejamos de buscar exclusivamente afuera aquello que creemos necesitar para sentirnos completos, comenzamos a relacionarnos de otra manera con nuestras circunstancias, nuestros logros, nuestros vínculos e incluso con nuestras dificultades.
Seguimos queriendo cosas. Seguimos teniendo metas. Seguimos disfrutando del mundo.
Pero ya no necesitamos pedirle al mundo que nos diga cuánto valemos, quiénes somos o qué tan completos podemos sentirnos.
Podemos ser profundamente espirituales y profundamente mundanos al mismo tiempo.
Y quizás ahí esté precisamente la invitación:
Vivir plenamente nuestra experiencia humana, sin olvidar que somos mucho más que ella.